martes 14 de abril de 2009

Girls


Primer acto: Un fiscal adicto a las lesbianas chantajea en secreto a su propia y rica esposa lesbiana mientras mata alguna que otra estrella porno de Los Angeles.
Sergundo acto: La esposa lesbiana y rica del fiscal adicto a las lesbianas chantajea en secreto a su propio esposo con la ayuda de su amante fotógrafa lesbiana, también editora de revistas porno.
Tercer acto: Esposa lesbiana y esposo adicto a las lesbianas acaban muertos uno en manos de otro en confuso episodio con mujer policía heterosexual, luego de morir varias lesbianas que también eran actrices porno, un chulo, un asesino retrasado y un periodista de chismes amante de lesbiana.
¿Cómo se llama la obra?:

GIRLS.

Respecto a la poli femenina, no podemos dejar de admirar su valentía e implacable accionar. Joanna Shelton, la bella agente infiltrada:

"Su cuerpo era gracil y bien formado, sin recortes crudos, sin estridencias, pero con un exquisito encanto y unas curvas suaves que hablaban de la tibia sensualidad que atesoraba. Delicioso el arco de sus pechos erguidos, breve la cintura que se dilataba alrededor de unos muslos perfectos, prietos, preludio de unas piernas torneadas de trazo exquisito."

Aliteraciones al margen, agréguense unos ojos color ambar "como el whisky" y una "larga mata de cabellos cenicientos" para goce del lector cachondo. Cabría prevenir a este hipotético lector de la ausencia de lesbianismo en el carácter de Joanna pese a tanta masa de bizcochuelo cociéndose en la novelita.
Incluso durante el transcurso de la lectura, brillan lamentablemente por su ausencia las escenas de sexo, un detalle desconcertante a mi parecer; como si al autor se le hubiese agotado el poder evocativo en meras descripciones rimbombantes.
Para los que gusten de la violencia más burda y el humor involuntario, resulta un buen entretenimiento. De obsequio un fragmento del capítulo 3:

"La mexicana temblaba visiblemente ahora, aplastada contra el tocador:
-No...
-¡Toma!
Fue tan brutal la bofetada que con su manaza derecha propinó en el rostro de la chica, que Lola se vio catapultada hacia atrás, por encima del tocador, golpeando contra el espejo, descolgándolo y rompiéndose este encima de su cabeza.
Sollozando, aterrada, trató, torpemente de huir.
Johnathan, atrapándola violentamente por una muñeca, la hizo rebotar de nuevo contra la pared. Con la mano libre extrajo del interior de la chaqueta un largo, estremecedor cuchillo de sierra, para blandirlo frente a los ojos enloquecidos de la mujer, al tiempo que susurraba:
-Te voy a operar de la garganta...
-¡NOOOOOOOOOOOO!
Alcott, rabioso, la abofeteó con tal violencia que Lola llegó a creer que le habían arrancado la cabeza.
Aprovechando que estaba medio inconsciente, el homicida agarró un puñado de largos cabellos azabache y tirando de ellos hacia lo alto, puso el filo dentado del acero en contacto con la epidermis de Lola a la altura del cuello.
Inició ella un tímido, ahogado grito:
-¡Noooo...!
La sierra de pronto, comenzó a actuar.
Pronto la yugular quedó partida en dos y borbotones de sangre saltaron de la garganta empapando la mano y la ropa del asesino quien, al contacto con el vizcoso y rojizo líquido, enfebrecido, prosiguió su tarea hasta quedarse con los cabellos y la cabeza arriba, separada ésta del cuerpo.
Los ojos parecían escapar de las órbitas y la boca de Lola compuso una mueca post-mprtem que nunca llegó a cobrar sonido.
-Para que no vuelvas a portarte mal con el amigo de mi jefe.
Tiró la cabeza hacia un rincón, por encima del biombo, y limpiándose la mano en la chaqueta retrocedió hacia la puerta".

Y nada más. Entretenida y eso ya es mucho. De todas maneras esta colección ofrece títulos más zarpados pero menciono GIRLS porque pocas veces en mi vida leí tanto la palabra "lesbiana" ; y por eso quiero dedicar estar reseña con mucho cariño a mis dos grandes amigos, Daniela y Crampi, ambos fanáticos de las lesbianas y lesbianos por opción... para ustedes, con mucho amor (lesbiano)!!!.


Título: Girls
Autor: Frank Caudett
Serie Top Secret
Ediciones Forum, 1985, España


lunes 6 de abril de 2009

Un cadáver de visita

Un buen pulp policial se compone de tres o cuatro tópicos bien organizados y cinco o seis aderezos para darle saborrr.
Entre los condimentos que mejor y más fuerte sazonan un relato se encuentran las palizas. Y puedo jurar por la memoria de mi pobre madre que pocas veces me topé con tal profusión de violencia cuerpo a cuerpo como en el caso de Un cadáver de visita. Y fue amor.
La historia es sencilla y los tópicos funcionan a la perfección:

a) Hombre blanco, 30 a 35 años, del lado de la ley (aunque no por ello "bueno") y en este caso: Reportero del crimen, calzado y enwhiskado hasta los dientes
b) Mujer fácil, y en este caso: Trola curvilínea con botín de robo
y c) El o los malos, y en este caso: Banda de chorros exacerbados de maldad, cagándose entre ellos.


Ricky Drayton, el protagonista y "autor" del libro -amo ese recurso- se mezcla con la rubia Carole, bailarina nudista, ex amante del peligrosísimo pistolero Toni Scariano. Sin saberlo, la pechugona carga en el canasto de sus atuendos exóticos el cadáver de otra guarra, quien a su vez trasladaba un tipo de cargamento muy buscado por varios elementos del crimen.
Drayton, envuelto en el asunto por calentura y mera egolatría irá rodando junto con el cuerpo sin vida de la pelirroja Angela (o Angelina) mientras cada tanto se curte a la blonda y recibe sin parar una pateadura tras otra. Pero al menos en el pulp, el que cobra también paga.
Al margen de la trama ajustadísima y sin un solo bache -y antes de abordar el fist of fury- me morbosearé y trataré de morbosear a quien sea que se tome la molestia de leer, con la odisea particular del cadáver, a partir de su descubrimiento:

"Me gustan las pelirrojas, mas no cuando le sacan a uno la lengua, y la lengua de aquella, ennegrecida e hinchada le sobresalía casi dos palmos de la boca. Además, tenía los ojos casi fuera de las cuencas y los labios tan abiertos que se le veían hasta las encías. Las marcas azuladas en su garganta indicaban claramente la manera como había muerto."

Varias páginas más tarde la situación del fiambre sigue complicándose:

"Hanson no estaba, mas no se había llevado consigo el cadáver de Angela; este seguía sobre el lecho, pero no como lo había dejado yo, pues junto al mismo reposaba sobre la sábana mi cuchillo de cocina cubierto de sangre. Además, habían abierto de un tajo el abdomen de Angela dejando sus vísceras al descubierto."

Decidido a ocultar una evidencia endilgada por mafiosos, Drayton, canasto a cuestas, se dirige a una zona descampada con el sabio propósito de enterrar momentáneamente el cuerpo. Tarea interrumpida por una balacera espontánea:

"Me retiré con lentitud, manteniendo el canasto entre mi persona y la del pistolero, mientras aguardaba la ocasión propicia para correr en procura de refugio detrás de mi automóvil. Otra bala se introdujo en el canasto, y me dije que la pobre Angelina seguía sufriendo un castigo inmerecido."

Y de esta manera el cadáver pasará a manos del pistolas de turno que más adelante se lo "devolverá" a Drayton, no exactamente por cortesía. Por si queda alguna duda, el cuerpo jamás será refrigerado.
Las piñas. No hay en este relato una sola escena sin apremios, amenazas, torturas o palizas morbosas por venganza. De hecho en cierta oportunidad se pone de manifiesto la urgencia del protagonista por cagar a tortazos a uno de sus enemigos en especial, al cabo de sufrir una serie de tormentos sádicos y humillantes:

"Salté hacia él, pero dio un paso hacia un costado al tiempo que me descargaba un culatazo en la cabeza. Al caer de cara al suelo recordé que era la segunda vez que Van Hope me golpeaba así. Alguna vez me vengaría, pero no en ese momento."

La venganza ocurrirá en dos etapas. En la primera, Drayton irrumpe en el departamento del tal Van Hope y durante un par de páginas largas lo muele a palos sólo por cobrarse.

"Era bastante pesado, pero le sostuve en lato mientras daba tres vueltas para arrojarle luego por encima del bar. Al caer dio contra la hilera de botellas y vasos, todos los cuales cayeron sobre él como una lluvia. Al terminar el estrépito y oirse de nuevo la música de la radio, me asomé por sobre el bar. Allí debajo de todas aquellas botellas y vasos rotos se hallaba Van Hope. Sonriendo satisfecho, le eché encima el contenido de un frasco de cerezas en conserva para completar la mezcla de bebidas y me fui del departamento, cumplido ya el propósito que me llevara allí."

La segunda, tocando el final, cuando Van Hope es el único malo con vida, intentando chantajear a una viudita joven y swinger. Drayton lo persigue hasta la vera de un río y ambos se entran a dar en el fango, a todo o nada:

"No se cuanto tiempo duró aquel combate de pesadilla, pero recuerdo que al fin me encontré montado sobre su espalda, hundiéndole la cara en el barro. En ese momento se me ocurrió que no podía dejarle de nuevo en libertad, por lo que eché sobre él todo mi peso y seguí apretando.
Cuando me repuse de la furia que me embargaba Van Hope no era más que un bulto inmóvil hundido en el barro."

Sin darse respiro, Drayton vuelve donde la viudita viciosa (a la pobre Carole la habían despachado diez páginas antes) a por su merecida recompensa sexual. Fin.
No pude evitar la transcripción de todos estos párrafos, por amor. Porque amé esta novelita mientras la leía y quise transmitir mi loco amor a esta reseña.
Por la velocidad, la violencia gratuita, la vulgaridad. Por la repetición constante de motivos como un chumbo contra el pecho, un chumbo contra la sien, contra la espalda. Por un protagonista lleno de debilidades humanas, convencido de lo contrario. Porque te banco, a vos, el que la escribió. Lo hacías por guita pero a mi llegó todo tu esfuerzo y el amor y la desfachatez que le pusiste. Por eso gracias, Ricky Drayton, por tanta alegría fácil.

Título: Un cadáver de visita.
Autor: Ricky Drayton
Colección: Nueva Pandora
Ediciones Malinca, Buenos Aires, 1958

martes 31 de marzo de 2009

Mataron a la víbora

Atenti, una de Hollywood. Con gore, marihuana y sexo por dinero -¡y de color!
Pamela Hilbrown, encarnación frívola del cuarto poder, chimentera despiadada y también chantajista, tiene a la mitad menos glamorosa del mundo del espectáculo trabajando de alcahuetes, espiando, seduciendo y fotografiando a la otra mitad mimada, los bellos y exitosos, los ídolos. Porque Pamela Hilbrown es un una gorda fea y resentida.

"Nunca había podido mirarse en un espejo sin tener ganas de romperlo. Ese oficio que eligió y que le permitía tiranizar a los semidioses del mundo consagrado a la perfección física que le era negada, era una especie de secreta revancha."

Ya en el primer capítulo hay, por lo menos cuatro personajes con motivos suficientes como para causarle un daño irreparable. La secretaria abusada psicológicamente; el director de cine en declive, desesperado por ocultar una orgía; cierto ex Drácula -"Boriza, El Vampiro"- alcohólico perdido, a quien Pamela contribuyó a hundir desde su columna; y el infaltable amante gigoló, tan joven y hermoso como falto de valores y sentimientos. Hollywood nunca aprenderá.
Pero los días de la víbora están contados. Y al final de la cuenta regresiva hallamos otra clase de ofidios: Los Anacondas, la típica pandilla de adolescentes descarriados, fumadores de churro y delincuentes por la alegría de lastimar al prójimo.
La fatalidad -y el agudo ingenio del autor- conducirá a Max Devoe, jovenzuelo casi albino y severamente intoxicado con chala hasta la cueva de la infausta, tras lo cual todo se tornará rojo.

"El cuerpo obeso había caído hacia atrás y de la cara sólo se veía la mandíbula inferior. El resto no era más que una confusa y sangrante papilla. Un atroz puré púrpura que goteaba hasta el piso."

Quedará a cargo de Roarck, brillante agente del FBI además de chabón con mucha calle, descubrir si el albino drogado fue o no el asesino.
La novelita es una delicia, como la mayoría de las que tuve la suerte de leer de esta serie, contada con garra y emoción pese a los altibajos siempre presentes en la escritura de oficio. La encontré varias veces dando vueltas por librerías de viejo de Corrientes y por Parque Rivadavia. Así que, no se.¿Cuento el final?
Claro. El asesino es Jasper, el chofer negro al que Pamela "obliga" a ser su juguete sexual, cosa que al pobre moreno repugna porque la gorda era "realmente una cochina, una inmunda cochina viciosa".
En este punto no puedo evitar preguntarme: ¿el autor eligió a propósito este contraste cromático entre el supuesto asesino y el asesino auténtico o le salió así, orgánico? A mi me supo artie.
También son dignas de mencionar las seductoras descripciones de la anatomía de Jasper: "la hermosa cara negra", "con paso de felino aburrido", "su bello rostro inescrutable", "un torso admirable, sin una pulgada de grasa". ¡Es puro deseo!
Finalmente me veo en el deber moral de transcribir parte del rito de iniciación de los patoteros fumetas:

-¿Alguna vez fumaste de esto?
-Nunca-dijo Max, abriendo muy grandes los ojos.
-Ahora vas a hacerlo. Un verdadero "Anaconda" tiene que conocer la droga.¡Un "Anaconda" debe conocerlo todo para no temer nada!
Encendió el cigarrillo de marihuana* de Max, deslizó otro en sus labios y lo encendió a su vez. Por el recinto se expandió el olor pesado y acre de la hierba indígena. A la décima bocanada, Max lanzó un profundo suspiro y se puso a reir con placidez, mientras detrás de los cristales sus pupilas se achicaban como puntas de agujas.

Un volumen impecable y un faso que pega con inusitada violencia. ¡A disfrutar!


Título: Mataron a la víbora
Autor: Adam Saint Moore
Colección Linterna, 1962
*¿Alguien recuerda al chino de Cha Cha Cha -no el deforme si no el otro más corriente- ofreciendo un "cigarrillo de marihuana" a sus amigos en una fiesta; y todos rechazándolo por descontrolado?

jueves 26 de marzo de 2009

Come, querida, come...

Un pequeño pueblo. Atemporal. Practicidad o truchez, júzguelo usted mismo. Un castillo, un embalsamador cincuentón con problemas cardíacos. Su mujer, joven y hermosa, metiéndole los cuernos con su médico de cabecera. Nada que desentone. Un enterrador borrachín que roba a los fallecidos y le gusta demasiado ponerla. El inspector de Scotland Yard, recién transferido al pueblo, suspicaz y obsesivo; su ayudante pelotudón, adicto a la comida. El aire viciado de un prostíbulo, un carruaje veloz transitando la noche tormentosa. Cementerio, fosa común, marido asesinado. Catalepsia, despertar, siguen las firmas.

Lo desatacado sería, por ejemplo que el protagonista, Patrick Worcester, no se amedrente al descubrir la traición de su esposa y el intento de asesinato. Y con la misma actitud resuelta y felíz, embalsame al tipejo, cocine sus tripas y las sirva como plato principal a su amada infiel (al revés de la peli de Greenaway).

Esto, no obstante, tambien podría tomarse por un cliché. Y que el médico pata de lana muera de miedo por verse prisionero en la fosa común habla de un grande y respetable mecagoentodo del autor a la hora de cargarse uno de los ejes de la trama.
¿Qué fue, al margen de lo usual lo que me hizo tan gozoza la lectura de este ejemplar?:

"Fue a gritar, pero su grito murió en la garganta porque el enterrador fue mucho más rápido y la golpeó con fuerza en el mentón.
Linda cayó desplomada al suelo, con las piernas abiertas, como si quisiera desafiar los bajos instintos de Julius.
El enterrador, temblando de deseo, se pasó la punta de la lengua por los labios y con los desorbitados ojos clavados en el espléndido cuerpo que yacía a sus pies, comenzó a desabrocharse la bragueta... "

Y esto no es todo. Más adelante, rematando:

"-¡Usted!- exclamó con odio al ver a Julius.
-¿Qué tal se encuentra? -le preguntó el enterrador avanzando hacia ella.
-¡Maldito bastardo! ¡Y aún tiene la desfachatez de preguntarlo!- Linda bajó de la cama, temblando de rabia, y le mostró los arañazos.- ¡Mire esto!
-No pude evitarlo, señora. Es usted demasiado hermosa y estaba tan indefensa y sugestiva..."

Bueno, ese es el gran logro. La resolución de cualquier tipo de situación con desfachatez y el mentado mecagoentodo, tan difícil de encontrar en un mundo plagado de flaca y opresiva verosimilitud y aterrador gusto por lo correcto.

Chupala. O mejor, comela, querida...


Título: Come, querida, come...
Autor: Alan Parker
Ediciones Forum
Serie terror THANATOS, 1985

viernes 20 de marzo de 2009

Yonki

Yonki es el relato de la iniciación de William Burroughs en la Droga -el pico-; y también uno de sus libros de lectura más amena teniendo en cuenta la mayor parte de su obra posterior, sumando la necesidad de Bill Lee de sacarse el cerebro para afuera. Periplos a su manera didácticos para dejar a la deriva a los pánfilos que escarban en sus renglones, gozando o padeciendo el videoclip más largo de pesadillas nacidas de la necesidad inagotable de Substancia.

No, Yonki es otra cosa. Todo muy claro y entretenido, ninguna flaqueza ni retórica ni disposición confesional. Es como si ese amigo loco y quemado que tenés, que aparte es un hijo de puta conciente te estuviese contando sus anécdotas, que vos igual ya sabías y lo dejás porque son lo más y esta vez va a empezar por el principio: Bill queriendo ubicar morfina y una metralleta conseguida de un chorro perdedor y violento, probándola de onda y sin ánimo de engancharse; Jack, un chorro sádico al que le va bien y conecta a Bill con Roy y Herman, dos yonkis empedernidos de aspecto deforme;los yonkis viejos y carteristas del bar Angle, Mike el del Metro y Frankie Dolan; Mary, novia de Jack, bisexual adicta a la benzedrina, a quien le encanta cogerse mujeres hermosas para probarles que son simples animales; luchas desesperadas y de antemano perdidas por pasar recetas truchas, por convencer a médicos de dolencias hepáticas; Bill Gaines, carterista de profesión y sacerdote de la droga y sus cuentos interminables sobre sus impedimentos para cagar; George el Griego, Loui el Botones, Eric el Maricón, altos yonkis; escaramuzas como punga de borrachos dormidos en los subtes; temporadas de camello; yonkis garcas o delatores; temporadas en clínicas de desintoxicación del gobierno; temporadas en Texas intentando negocios imposibles; problemas con La Ley, peligro de cárcel; fuga a México; Lupita, la capomafiosa, monopolizando el tráfico de substancias; Ike, yonki y angel guardián de Bill.

Mil y una historia de pinchazos, cuelgues y sufrimientos de yonkis amigos y conocidos, convergiendo en el testimonio de la adicción personal, el padecimiento extremo del síndrome de abstinencia; y el riguroso aprendizaje de las debilidades y dependencias físicas, sin romanticismo al pedo.


"La Droga es una ecuación celular que enseña a quien la usa hechos de validez general. Yo he aprendido muchísimo gracias a su uso: he visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas. He experimentado la angustiosa privación que provoca el síndrome de abstinencia, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. He aprendido el estoicismo celular que la droga enseña al que la usa. He visto una celda llena de yonkis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Sabían que, en el fondo, nadie puede ayudar a nadie. Nadie tiene una clave o un secreto que pueda comunicar a los demás.

He aprendido la ecuación de la Droga. La Droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La Droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir."


O como dijo Charly: droga sin sol.

martes 10 de marzo de 2009

El cuerpo en el baúl

Este pulp es una fiesta. No hay página que no haya disfrutado como una cerda bañada en barro. Y como todo buen relato negro, comienza con un cadáver.

"Sam Cragg se incorporó, fue hasta el baúl, levantó la tapa... y lanzó un grito de horror.

-¡Dios me valga, Johnny!- dejó caer la tapa.

-¿Qué... qué hay en el baúl?- preguntó Johnny Fletcher al ver el rostro distorsionado de su amigo.

-¡Un muerto!"


Johnny Fletcher y Sam Cragg son una dupla de pillos de poca monta, vendedores del libro Cómo llegar a Sansón, el clásico manual de auto ayuda para que cualquier hombre "débil, enfermizo y desmedrado" se transforme en patovica. Johnny es delgado, astuto y verborrágico. Sam, grandote y sin muchas luces pero poderoso y arrojado cual manada de bueyes coqueros.


Ambos se alojan -juntos, ejem- en un hotel de mala muerte que apenas pueden pagar. El mismo día de su llegada, por un error del asensorista equivocan el piso y la habitación. Al abrir el baúl que debía contener el cargamento de libros, descubren un fiambre con la mitad de la cabeza aplastada. De inmediato, Johnny advierte que no se encuentran en su cuarto; y como buenos ciudadanos que no se meten en lo que no les toca, se hacen los sotas con rumbo al barsucho más cercano, a tomar algo fuerte para borrar la macabra impresión.


En la barra conocen a Ken Ballinger, un historietista borracho, autor de la super exitosa tira Zopenco El Forzudo. Este pibe es un limado y lo único que parece motivarlo es cagarse a bollos con el que pinte. Por supuesto, Sam lo desarma de un soplido.


Contrariados por tanta violencia en derredor, los amigos vuelven al bulo, esta vez asegurándose de encontrarse en la habitación y el piso correctos... Y entonces abren el baúl de los libros, a ver que onda... Y encuentran el mismo fiambre horrible. Plop.

¿Qué hacen estos simpáticos pillos ante tamañas circunstancias? Lo que cualquier persona razonable: buscar otro cuarto, violar la entrada y dejar el cadáver en él.

Y así comienza la aventura: pronto aparece la policía y Johhny -que tiene ínfulas de detective- inicia junto a Sam una investigación paralela que los enfrentará a editores corruptos, mujeres infieles, historietistas violentos, mafiosos duros del medioeste y más y más cadáveres. Cada tanto Johnny recibirá algún soplamoco y Sam destruirá varios establecimientos ilegales con sus propias manos con el fin de proteger a su amigo.


La trama es excelente y el humor, impagable. Una hora y media de loco, loco entretenimiento. Por un peso. La vida puede ser buena si uno la deja.


EL CUERPO EN EL BAÚL

Autor: Frank Gruber

Editorial ACME

Colección Rastros, 1965

Un cuerpo en la pendiente

En este relato ocurren hechos notables. Remarcables.

El protagonista masculino, por ejemplo, trafica drogas.

La heroína, una rubia etérea, ex adicta, ama y acompaña en sus golpes al capomafioso más bravo de USA después de Capone. Y Dillinger. Y Baby Face Nelson,ok. "Gee" Contino, un pesado peor que D'elia.

Pero el tal "Gee" sale de escena en el inicio mismo de la trama. Luego de un jugoso golpe es ejecutado por desconocidos en plena carretera. Su chica, la rubia Ibys Zend (qué nombre de mierda) deberá huir ¡desnuda!, cubierta sólo por un impermeable en el que -aparentemente- lleva ocultos cien mil dólares en billetes chicos y sin marcar.

Así, bajo la lluvia, casi en bolas, chapoteando en el barro frío al costado del camino, es como la encuentra Phill Kenton, al volante de su Chrysler 56 "recargado de brillos y metales inútiles". Phill Kenton, el héroe: un tipo fachero, pillo, irreductible, que en la página 39 se autodefine "delincuente" y confiesa que sólo trabaja con marihuana; si bien en la 54 dice haber viajado a Chicago con "dos paquetes de heroína en los bolsillos del abrigo" ; y en la 57 rememora la ocasión en que arrojó "un kilo de coca por la ventanilla antes de que lo pescaran"; para, casi en el final, aclarar que cortaba la morfina con bicarbonato, si bien no por una cuestión moral, no dejando de observar que a los adictos los beneficiaba esta pequeña truchada. Tremendo.

Ibys y Phill acaban como quien dice, empiernándose y huyendo juntos. De la policía y de la organización mafiosa de Gee, el Espectacle Syndicate, gentes a quienes Phill conoce bien por haber sido su camello.

Estos locos son unas fieras y van todos por la torta de billetitos, que a propósito; nadie sabe quién coño la tiene, ni siquiera Ibys, porque su abrigo estaba relleno de aire.

En el medio hay una notable escena de tortura interruptus practicada a Ibys por su archirrival, una pelirroja rusa y sadomaso.

Para resumir, el cuento termina cuando se descubre que Gee estaba vivo y había mandado ejecutar a un conocido idéntico a él. Y en ese preciso instante y sin haber podido articular una sola sílaba en toda la historia, es, digamos, "vuelto a asesinar".

Nada del otro mundo dirán ustedes, en este comienzo de milenio tan violento y despiadado, copioso en historias de crímenes sucios, y drogas hasta en el sufrido recto de una doméstica peruana. Sin embargo, el valor de este pulp está dado por ciertos párrafos imperdibles, como este:

"Suspiró al pensar en lo cerca que había estado de morder el polvo. Sin embargo, reflexionó, la vida para él era eso y no un cómodo deslizarse por una pista despejada de obstáculos. Eso quedaba para los privilegiados, para los chicos débiles y con buenas recomendaciones. Él constituía poco menos que una afrenta y un remordimiento para la sociedad."

o como este:

"-Dad murió y nos dejó encharcados. Dad hubiera querido lo mejor para mi, pero yo me dedicaba a perseguir a las chicas de la vecindad mientras él se esforzaba por traer algo más que miseria y whisky a casa. También frecuentaba los billares y algún que otro garito. La gente, 'mam' entre ellos, decían que yo era demasiado joven y que necesitaba desbravarme. Después me casaría con alguna joven de las cercanías, cuando consiguiera algo seguro y cumpliría con el precepto bíblico. Eso es todo. Felicidad, ¿no es así? Pero el muchacho salió un sinvergüenza."

o como este, por el amor de Dios:

"-Te aseguro que no me afecta en lo más mínimo hacerme cargo del papel de 'vamp' con instintos sanguinarios. O de niña neurótica que se retuerce de placer con el sufrimiento de los demás. Sólo la perspectiva de lo que va a suceder ya me emociona."

Por último, la secuencia de tiros del final está impecablemente ensamblada, sin ironías. Y nadie se queda con la plata. Eso sí que es negro.
UN CUERPO EN LA PENDIENTE
Autor: Ian Russell
Colección Reservada
Ediciones Tauría, 1958